TRABAJAR 40 HORAS A LA SEMANA: ¿PRODUCTIVIDAD O CALIDAD DE VIDA?

El proyecto de ley sobre jornadas de 40 horas semanales sigue avanzando en el Congreso y todo parece indicar que finalmente se convertirá en ley.

Ante esto, como siempre ocurre con este tipo de iniciativas legales en nuestro país, se han levantado voces que lo defienden con fuerza, haciendo referencia a varios de los beneficios que ésta traería, sobre todo en aspectos como calidad de vida para los trabajadores y sus familias. Y otras voces que plantean los efectos negativos sobre productividad y costo de la mano de obra, y las consecuencias que esto generaría sobre el empleo formal.

En una primera mirada, todos aquellos trabajadores actualmente afectos a jornada de trabajo (recordemos que hay una parte a la que se aplica el artículo 22, “no sujeto a jornada”) verán reducida su jornada semanal en 5 horas. Como la idea es que no se rebajen los salarios proporcionalmente, esto implicaría que se le pagaría a cada uno de estos trabajadores un promedio por hora más alto. Si este aumento promedio no va acompañado de un mayor desempeño o productividad, entonces efectivamente esto implicará sólo costo adicional para la empresa respectiva.

A modo de ejemplo:

  • Si un trabajador producía 450 unidades de algo en las 45 horas semanales (es decir, 10 unidades por hora), en un mes (a razón de 180 horas trabajadas) producía 1.800 unidades.
  • Al rebajarse las horas trabajadas a 40 semanales, las horas trabajadas en el mes bajan a 160 y su producción a 1.600. Esto es una caída del 11,11%. La empresa por lo tanto debe encontrar una forma de generar las 200 unidades restantes por trabajador.
  • La única forma para que con la misma dotación pueda lograr la producción anterior es que cada trabajador produzca 11,25 unidades por hora, es decir, tenga un aumento de productividad de un 11,25%.

Una empresa de mayor capacidad financiera encontrará más posibilidades de incrementar dotación o de incorporar más tecnología para sostener la producción requerida.

Para las PYMEs, en cambio, esto se hace más difícil, lo que más bien les lleva a tener que considerar vender menos que antes o a buscar alternativas de generación de empleo informal para poder sostener su actividad.

Todo el análisis anterior supone que no es posible lograr los aumentos de productividad necesarios. Y ahí es donde podría haber un cambio de mirada.

La productividad de una persona no es constante, varía durante el día. Y claramente, hacia el final de la jornada tiende a estar en su punto más bajo. Si una persona trabaja 5 días a la semana por 9 horas y ahora se le rebajaría la jornada a 8, esa novena hora no tiene la misma productividad de la primera de la jornada.

Pero pensemos también en el efecto que la motivación de tener más tiempo disponible para la familia o para sí mismo podría tener sobre una persona, así como disponer de una hora más de descanso cada día.

¿Acaso no nos ocurre que cuando sentimos que tenemos una mejor calidad de vida andamos más motivados, y que cuando estamos más motivados tendemos a lograr hacer más o mejores cosas?

En este contexto, aplaudimos a aquellas empresas que ya se han anticipado a reducir las jornadas de trabajo, sin esperar a la ley. La señal de compromiso con la calidad de vida de sus colaboradores generará, sin duda, una respuesta de compromiso de ellos con la empresa. Los beneficios de esto no necesitamos explicarlos.

Y luego, existen mecanismos para ir mejorando la productividad de los colaboradores, lo que es una buena iniciativa siempre, incluso sin ley que la fuerce.

Nuestra experiencia nos permite pensar en diversas alternativas, que en definitiva permitirían terminar con lo que no es necesariamente una dicotomía real entre productividad y calidad de vida.

Si quieres conocer más al respecto, conversemos.