Lo que el plebiscito nos muestra (tarea para la casa y para la empresa)

El resultado del plebiscito de este Domingo acá en Chile fue claro y unívoco, lo que – más allá de las posturas que cualquiera pudiera haber tenido respecto de la aprobación o el rechazo al texto propuesto – tiene el beneficio de reducir la incertidumbre de lo que la gente quiere. Y como sabemos, reducir la incertidumbre es beneficioso para las personas en cualquier ámbito de sus vidas.

No nos corresponde en este espacio analizar este resultado desde lo político, para ello existen otros especialistas. Nosotros queremos abordar este resultado desde lo que él nos impone como tarea como sociedad, y desde nuestra perspectiva del valor agregado.

Cuando uno combina los resultados del plebiscito de entrada y del de salida, lo que la sociedad chilena parece estar diciendo es: “queremos generar cambios en nuestro contrato social, pero los queremos hacer de modo de incluirnos a todos.”

Una Constitución es un marco de referencia, donde se establecen las principales obligaciones y derechos de los ciudadanos de un país, a la vez que se regula la acción del Estado, de modo de asegurar que esté al servicio de las personas y no al revés. Busca además salvaguardar que las relaciones se den dentro de un cierto marco valórico comúnmente aceptado (por ejemplo, cuidando los Derechos Humanos, evitando el abuso de unos sobre otros, respetando a los que piensan diferente, etc.)

Pero una Constitución es a la vez sólo eso, un marco de referencia. Los seres humanos, y quienes nos dedicamos a apoyar la gestión de personas, y en particular la gestión del cambio lo sabemos muy bien por experiencia, no modifican su comportamiento simplemente porque haya una ley que lo señale. Incluso ni siquiera lo hacen porque existan “las penas del infierno” de no adoptar el comportamiento requerido.

Las personas necesitan creer en los cambios requeridos. Si esos cambios no les hacen sentido, puede que mientras los estén observando (y penalizando) actúen de la manera exigida, pero más temprano que tarde volverán a su comportamiento anterior.

Y para creer en esos cambios, necesitan ocurrir dos cosas, (1) sentir suficiente incomodidad o “dolor” con su propio comportamiento actual, como para querer modificarlo, y (2) sentir una atracción irresistible hacia lo que un nuevo comportamiento le puede generar en su vida.

Mientras las personas sigan pensando que “es bueno que los demás cambien”, y se sienten a esperar que eso ocurra, o bien intenten imponer su mirada a los demás, nada realmente va a cambiar, no importando el contenido del texto de una ley (o constitución). Gandhi lo dijo muy sabiamente: “sé el cambio que quieres ver en el mundo.”

¿Quieres respeto? – Respeta

¿Quieres ser escuchado? – Escucha

¿Quieres ser ayudado? – Ayuda

La lista podría seguir, pero creemos que el punto ya está hecho.

Y acá volvemos sobre lo que el resultado parece decir: “queremos generar cambios en nuestro contrato social, pero los queremos hacer de modo de incluirnos a todos.” La mejor manera de generar adhesión a un cambio, a un futuro irresistible, es a través de la participación efectiva e inclusiva en el diseño de ese cambio.

Los lugares para ir generando esa conversación de manera fructífera son aquellos donde más tiempo pasamos: el hogar (y el barrio) y el trabajo. Y esos son también los lugares donde podemos poner en práctica los cambios de comportamiento de los que hablamos.

Esa es la tarea a la que debemos convocarnos de aquí en adelante, más allá de lo que implique la redacción de una nueva constitución.

Una familia es el resultado de las interacciones y de la construcción de sueños compartidos. Cuando eso falla, la familia se destruye.

Una empresa es el resultado de sus interacciones con todos los stakeholders (dueños o mandantes, gerentes, colaboradores, sus familias, proveedores, clientes, la comunidad, y el medio ambiente) y de la construcción y materialización de visiones y valores compartidos. Cuando eso falla, la sostenibilidad de la empresa se pone en riesgo.

Y cuando ambas cosas fallan, la sociedad se resquebraja.

La “casa de todos” no es solamente algo que uno pone en una Constitución. Es el sueño compartido (como decía Humberto Maturana, tiene que ver con querer con-vivir) y es relacionarnos y comportarnos como si efectivamente percibiéramos nuestro país como nuestra casa.

Una nueva Constitución será la consecuencia de este ejercicio, y no al revés.

¿Les parece que hagamos nuestra tarea en la casa y en el trabajo? ¿Empezando por nosotros mismos en la relación con los demás?

Queremos leer sus comentarios. Empecemos el diálogo constructivo.